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4 de enero de 2017

Fallas.

La primera vez que escuché hablar sobre el limbo fue en una peli de miedo, no recuerdo el nombre, donde la prota estaba en una vieja mansión y descubría que ahí habían asesinado a cientos de niños, que estaban vagando por el limbo esperando que la suso dicha (una petarda de mucho cuidado), los salvara y sacara de allí, de forma que pudieran ir finalmente al cielo.

Siempre me dio bastante ansiedad la idea del limbo, eso de vagar por ahí sin rumbo ni entretenimiento a la espera que una petarda te saca de ahí. Con la de petardos necios que hay. Qué horripilancia.

Y es que, el acabar la carrera universitaria, ha sido para mí el comienzo de un limbo en la tierra. Con la diferencia que la petarda que me tiene que sacar de aquí no es otra que yo misma. Un petardazo. O una petardaza de cuidado.

Nunca he querido crecer (no confundir con envejecer, que yo no soy la Preisler y en el fondo a mí ese tema me la suda. Crecer es tener derechos y muuuuuchos deberes y responsabilidades. ¿Y a quién le gusta eso? Más aún, crecer es darte cuenta que todo lo que te han vendido de niño es una mentira. Y que ese limbo es lo más real que te vas a encontrar nunca.

Terminas la carrera y, en mi caso como publicitaria que se quiere dedicar a la creatividad, te das cuenta que en tu ciudad eso de tener un curro que te permita dejar de estar en el nido es poco menos que jodido. Aquí a meterte en prácticas donde a lo sumo cobras 400 pavos. Y ahora intenta dejar de ser un gasto para tus padres que están, o bien jubilados, o a las puertas. Con el marco económico que eso supone.

Y entonces, ¿qué haces? Estudias un máster siguiendo la titulitis española?¿ Te haces becario y sigues exprimiendo a tus padres mientras te deslomas en las prácticas y en un curro a tiempo parcial para intentar mitigar tu carga? ¿Te vas por ahí a fregar platos en otro idioma esperando poder ahorrar algo y así volver a la madre patria con pasta y skills a la hora de hacer capuccinos? ¿Te suicidas y dejas de comerte la puta cabeza?

Esto es el limbo en la tierra. Esta ansiedad de la vida adulta, de las puertas laborales y giratorias a las que no tengo acceso en España, de las ganas de valerme y mantenerme por mí misma, al mismo tiempo que valoro lo jodidamente bien que he vivido y que seguramente jamás viviré. Esta misma ansiedad que me golpea cada mañana cuando suena el despertador, es mi limbo particular. Como el patio de mi casa que jugaba de niña. Ojalá yo niña otra vez. Y ver la peli esa del limbo y los niños muertos.

Este limbo en el que estoy se traduce también en sentirme así, muerta (porque lo de ser niña en el sentido de infante lo sigo siendo, a pesar de los años). He perdido la ilusión y las ganas. Por vivir, por crear, por compartir, por soñar. Solo hago preguntarme, porque he de decir que los diálogos internos se me dan de puta madre. ¿Merece la pena deslomarme para terminar en un curro de 8 a 5, y de oficina? ¿Compartir la vida con un tío que me termine aburriendo y con el que siga acostándome solo por el miedo a la soledad, y a caerme un día en la ducha y que me encuentren 4 días después, sólo porque falté a mi puesto de oficina? ¿Tener una rutina social, laboral, amorosa, marital, y existencial desde los 25 a los 65 para luego terminar en putos viajes del imserso o con millones de achaques y dinerito en la cuenta que me quitarán mis hijos? ¿Tener puta ansiedad por la incertidumbre a cada segundo de mi existencia, toda ella incertidumbrosa, difusa y radioactiva?

Siento que me han vendido una moto de humo. Que la vida que tengo que vivir no me llena, pero aquella que quiero vivir es inalcanzable. Siento que no valgo lo suficiente para todo aquello que deseo, a pesar de haberlo intentanto. O quizás no lo haya intentando porque en el fondo sé que esos deseos o bien son una mieda, o son racionalmente inalcanzables. O son alcanzables pero me dan puta pereza y ansiedad lograrlos porque entonces vuelvo a la casilla de salida de este limbo de la incertidumbre y el petardeo. Y sí, repito la palabra “petardeo” y “petarda” porque me molan. Y no, no soy de valencia.

31 de diciembre de 2016

Dieciséis

Siempre tengo la necesidad de escribir, se ve que la timidez lleva hasta el punto donde la escritura me hace libre. El caso, que no podía acabar este 2016 sin decir todo lo que ha sido para mí.

En números, ha sido mi número, ya que un 16 hace poco más de dos décadas Maribel rompió aguas en el sofá cama de la salita, que años más tarde sería mi cama. 14 países, más de 20 ciudades, 3 mudanzas, incontables horas de bus, unas 25 horas de avión, 3 horribles borracheras, y un sin fín de puntillos graciosos, 5 nuevas hermanas, amigos y conocidos, 1 título universitario, 3 cuentas bancarias, 5 concursos perdidos, 1 retrato ganado, 1 tatuaje nuevo, 3 intentos de dejar de comerme las uñas, 1 uña perdida, 18 horas de zumba, 1 mcflurry, 3 rapados, 3 decoloraciones, 2 cortes de pelo, más de 100 pelis y series, unos 57 minutos de vlogs, 38 horas de edición, 20 posts, 3465 fotografías, 250 selfies, 4 currículums, 3 portfolios, 2 meses de prácticas no remuneradas, varios litros de lágrimas, 1 intoxicación por soplica, cientos de litros de cerveza y toneladas de chocobons...

Empecé el año con ilusión y algo de pena, al saber que hacía mis últimos exámenes de la Uni en Sevilla, últimas horas en España y con las moas. Definitivamente este año ha sido de cambios y evoluciones, y superar retos y miedos. Decir adiós a tu familia sabiendo que, si todo sale bien, no volverás a vivir bajo ese mismo techo que tantas veces he querido abandonar y que ahora es tremendamente curiosos, interesante y cómodo. El 10 de febrero me embarqué en la aventura más enriquecedora de mi vida. Vivir 5 meses en el que puede uno de los países más dispar a mi personalidad, me ha permitido conocerme, y descubrir facetas que no conocía, y conocerlas y llevarme 5 diamantes del mediterráneo (aunque una esté más pegando al báltico), y ganas confianza y valor. Y aprender. Eso lo que más.

Ya sabía que el 2016 sería mi año pero jamás pensé que fuese un año tan memorable. Tantos viajes por Europa, bocadillos, risas, llantos, amigas, amigos, skype, idiomas... sin duda la Erasmus es parte importante de que este 2016 haya sido. Sin adjetivos porque ninguno puede describirlo.

Y por si fuera poco, los viajes no terminaron. Y los ciclos sí lo hicieron. Si la Erasmus fue unas "vacaciones" donde me permití vivir todo lo que me diera la gana, al volver la vida adulta me estaba esperando con los brazos abiertos y la ansiedad sonriendo. Acabar la vida de estudiante y verte en este páraje económico es desalentador. Y jodido.

El 24 de junio me gradué sin saber muy bien cómo ni qué hacer. Y me zambullí en el verano para evitar ese timing que decía que en septiembre la vida adulta volvería.

Y me fui a Bilbao, que siempre me ilusiona y me hace querer mudarme allí. Y me fui a Croacia con las moas para cerrar el ciclo universitario por todo lo alto. Y acabé en Islantilla, porque hay cosas que no cambian.

Fin del verano. Comienzo de las responsabilidades. Y un ticket de ida a Manchester. Y mucho miedo, angustia y pensamientos encontrados. También sentimientos, no nos engañemos. Y descubrir facetas de gente, decepciones y alegría. Y orgullo de mi misma por ser capaz de desenvolverme aquí. Y de sacrificarme por lo que quiero. Aunque aún no sepa muy bien qué es. Y aprender a hacer cafés. Y facturas. Y tasas.

Me hedado cuenta que amo a mi familia y que la necesito cerca. Y que amo a mis amigos, los que son también familia, y que los necesito cerca. He aprendido a abrir mi mente, a tolerar y a querer. Que el amor es necesario, pero complicado, y que la vida da muchas sorpresas. Que el miedo es el motor que me mueve, por mucho que duela, y que si no lucho ahora por lo que me hace feliz, nunca lo haré. Que la música me sana y que el arte me cura. Y que la suda lo que digan. Y que me miren en el barrio por llevar el pelo blanco y un abrigo de pelo azul.

Aún sigo perdida, porque hay cosas que es mejor no cambiar. Aún sigo contradictoria. Aún sigo.

He aprendido que soy, con muchos defectos y virtudes que espero pulir en 2017. Aunque a este nuevo año no le pido nada, solo salud y equilibrio, porque mejorar lo pasado va a ser terriblemente jodido, pero oye, en peores plazas hemos toreado.

2 de julio de 2016

Hola?

No me creo que esté escribiendo esto. No me creo que el tiempo haya pasado así de rápido. No me  creo que ya haya pasado casi una semana desde que estoy en España, y no en mi otra casa. Este es el último post sobre la Erasmus, quizás el último del blog...


Ha pasado más de un año desde que me dijeron que me vendría a Polonia. Más de un año de nervios, de preparativos, de papeleo, de ir a ver a Lorena, de firmar el Learning, de escuchar consejos, palabras de aliento, discursos borrachos... Hasta que llegó el momento de irme de mi Sevilla de mi alma.

Pero lo más duro ha sido ver pasar estos cinco meses tan rápido. Porque cuando eres Erasmus, la medida del tiempo es extraña, no soy la primera que lo dice. Una semana es un mes, pero a la vez es una hora. De repente todo va a cámara lenta, y tras una semana te mueves por la ciudad como si fueras un lugareño, pero el calendario vuela y parece mentira que hace cinco meses escribiera la primera entrada de esta nueva etapa del blog.

Si me preguntan, ¿qué te llevas de la Erasmus? A parte de unos kilos de más, me llevo demasiadas cosas. Me llevo conocerme mejor, haber aprendido de mí misma, haberme sorprendido. Me llevo noches de vino y cerveza, y soplica. Me llevo borracheras, me llevo locuras en kalambur, paseos y birras en el parque. Me llevo haber descubierto la comida, los frykebabs y el helado. Me llevo viajes, muchos viajes. Y aventuras, y albergues repletos de gente rara, y caminatas, y calor, y un frío de cojones. Me llevo ser una sureña entre tanto centro-europeo. Me llevo tindr en polonia, que es pa mearse. Me llevo desenvolverme como puedo en polaco, y decir nasdrovia en lugar de  do widzenia. Y estar aburrida y bajar a ver a las mujeres de mi erasmus, y enfermar y que me cuiden, y echar de menos a mi gente. Perder el asco en muchos aspectos, y aprender a vivir entre la mierda ajena. Me llevo haber perdido la poca vergüenza que me quedaba, y los escrúpulos en muchos momentos. Me llevo litros de cerveza en vena, de vino barato. Conversaciones de borrachos, discusiones por los derechos de los refugiados, y técnicas de ligoteo que dejan mucho que desear, y que no sabes cómo dicen que no. Me llevo apertura de mente, de alma y de espíritu, ampliar miras a Gaza, Crimea, África y muchos más destinos, empatía e historias que son para no dormir, junto a otras que duermen a cualquiera. Edificios derruidos, disparos en los muros, ascensores comunistas. Música electrónica, drogas, reggetón rancio, restregones, perreo, saltos, bailes de ojos cerrados.


Pero sin duda, me llevo a mis bitches, mis baes, mis bang. Me llevo un grupo de amigas que jamás pensé encontrar aquí. Vine a esta Erasmus con la mente abierta, pero sin dejar de ser yo misma, por lo que si no había nadie que fuera de mi rollo, simplemente disfrutaría de una nueva experiencia en solitario. No tenía esperanzas en encontrar aquí gente como yo, pero llegaron ellas. Vissaria, Jelena, Ina, Yiota y Tamam. Ellas han sido mi apoyo, han sido mis compañeras de locuras, mis aventureras, mis confidentes, mi familia aquí.Si vas con ellas de cervezas nunca sabes qué ocurrirá, ni cómo acabará la noche, ni a quién conocerás. Es raro como siendo de países diferentes, con pensamientos y culturas diferentes, todas compartimos una misma mente abierta, una misma idea de diversión y un cariño increíble. Somos totalmente diferentes, pero iguales. Y vivir y compartir cinco meses aprendiendo tanto de ellas ha sido mi verdadero crecimiento y regalo de esta etapa. Y para locura, siempre estaré ligada a esta aventura y a ellas. Sobre todo a Jelena y Vissa. Ellas me entienden.

Quizás Polonia no sea mi país ideal, ha sido muy raro desenvolverse en una cultura tan diferente, de la que difiero tanto y sobretodo con un clima que mata. Su gente (no toda pero en mi experiencia, la mayoría), su seriedad, lo frío de su forma de ser, lo cerrado de su mente, lo racista, lo lento y poco comercial... Pero es obvio que le debo mucho a este país y a esta vivencia, que siempre tendré un lado polaco y que lo guardaré con mucho cariño.

Y si, por algún casual, algún futuro erasmus en Wroclaw está leyendo esto, aquí mis consejos:
  • Prepárate para la forma de ser polaca: fría, distante y lenta. 
  • Si vienes del sur o eres friolero, llévate unos leggins térmicos y unos buenos guantes, además de unas botas que no se calen con la lluvia o nieve. Un buen chaquetón pero no te creas que vas a siberia (como hice yo) y lleva también algo de ropa de verano para cuando llegue mayo y de repente veas que puedes llevar manga corta por una semana. 
  • No te vuelvas loco la primera semana porque los precios son de risa, ya verás la risa que te echas a final de mes al ver tu cuenta.
  •  No puedes irte sin probar el kurna chata, y el frykebab de nynek.
  • Las chanclas! Ese imprescindible que no podrás encontrar en ningún lugar en pleno febrero en este friolero país.
  • Pierde la vergüenza y conoce gente. Pero sé fiel a ti mismo y permítete hacer lo que te da la gana, incluso aunque sea algo con lo que te critiquen. 
  • Viaje todo lo que puedas, aunque implique comer arroz todos los dias.

19 de junio de 2016

Adiós Wroclaw

Me siento muy rara escribiendo esto, pero ha sido la última semana que he pasado en la que ha sido mi casa por cinco meses. Joder, quién lo diría...

Esta semana ha sido rara, con el lunes 20 cada vez más cerca en el calendario, los mensajes de amigos y familia contando los días para verte, y tú que no sabes ni cómo vas a guardar tanto en tan poco espacio. Una semana donde incluso hoy sigo sin creerme que ya no habrá más rynek, kalambur, y noches charlando con vino con mis mujeres erasmus.

Empezamos la semana con paseos interminables y helados, muchos helados. Aquí una que no come helado nunca, ha sido introducida en este peligroso mundo y se admite adicta a los lody naturalne. Y a los roll ice-cream. Incluso me he comido un mcflurry. Yo, que ni de chica me comía los helados que mi señor padre me compraba. Quizás sea la pena de irme, o simplemente que de perdidos al río con los kilos ganados.

Además de los paseos y helados, ha sido una semana de compras. Comprar regalos para familia, amigos e incluso para mí. Seguir buscando un conjunto de graduación que jamás llegó y comprar, cómo no, vino. Y noches de vino y kalambur, y conocer a gente rara. Y bailar. Y enseñarle el culo a media wroclaw. Porque ahora nuestro culo es más bonito aún. Y porque siempre seremos unas gangsta.

 

También ha sido estresante, no solo por meter cinco meses (de nuevo) en tres maletas, sino porque al fin terminé el TFG. Un TFG de último momento y cambios a última hora, porque siempre se olvida algo y "uy que no te he dicho tal". Y mi pobre bigote esperando el email, imprimiendo mi tfg y llevándolo a la uni. Sin duda, el bigote más bonito del mundo se merece un monumento.

Y qué mejor forma de concluir esta semana que haciendo el último viaje express. El sábado nos fuimos a Dresden, Alemania, a vivir su festi más chachi. Con dos horas de sueño en el cuerpo, nos metimos a las 6.30 de la mañana en un tren.

 

Cuando llegamos, nos tomamos un café algo extraño con un alemán que conocimos en Kalambur. Alemanes a parte, esa mañana recorrimos la parte turística de Dresden,Cuando apenas has dormido, estar todo el día andando mata un poco, pero fue el ver el barrio hipster de Dresden donde el festi tenía lugar y que se nos quitaran todos los males.

Calles llenas de puestos, escenarios en cada esquina y cualquier tipo de música que puedas imaginar. Todo con muy buen rollo y señores alemanes la mar de apañaos. Sinceramente, creo que no habríamos podido elegir mejor plan fin de Erasmus. Por la noche estuvimos dándolo todo en el escenario electrónico y terminamos escalando para llegar a una discoteca a las afueras de Dresden. El sitio en cuestión tenía tres escenarios, uno de ellos una carpa exterior. Y de nuevo el contraste norte-sur o cómo ves a gente en manga corta y shorts cuando tu te estás helando con una camiseta, rebeca, chaqueta y bufanda.  Y he de admitir que la pena de la vuelta me nubló en algunos momentos, pero también es bonito bailar con el humo cegándote y tener un nice trip con melancolía y psicodelia.


A las  5.30 nos volvimos a montar en el tren para regresar y pasar el último día en Wroclaw. Y parece que la ciudad no quiere que me vaya porque vuelve a llover. Ni yo quiero irme porque estoy al borde de la lluvia. Y recibir mensajes cuando te despiertas a las 16.00 de tu gente diciendo que no queda ná pa achuchar ayuda, pero saber que dejo aquí 5 maravillosos meses de mi vida, llenos de aventuras, locura y la mejor familia postiza que haya podido esperar, está siendo más duro de lo que nunca imaginé.

Ya publicaré cuando recobre la fuerzas un post especial pero, solo puedo decir que estos 5 meses me han dado y que solo pensar que vuelvo a la realidad y tengo que despertar de esta experiencia me rompe el alma. Vissa, Ina, Jelena, Tamam y Yiota. Nada más que decir.

Besis en la fiente, nos vemos en España.

13 de junio de 2016

Menos siete

La semana empezó con un sentimiento raro. Eso de saber que te quedan dos telediarios en Polonia, dos telediarios de tu Erasmus y con tu gente Erasmus, te deja el cuerpo cortado. Y así, con esta sensación de ni frío ni calor, de pena enquistada en el alma, empezamos una nueva semana, una nueva vida.

El no tener uni y estar esperando las correcciones de mi tutora sobre el TFG me permite centrarme en una nueva tarea, no menos importante: la búsqueda del conjunto de graduación. Y es que no quiero graduarme con unos palazzo y una blusita básica, "mi amol, ese no es tu estilo", así que me he recorrido todas las tiendas polacas y centros comerciales de la ciudad. Sin éxito.


Alicaída al verme en Sevilla comprándome el conjuntito básico de Zara que llevarán ocho mil muyayas, o haciendo un habío con cosas de aquí y allá, me fui a una tienda de segunda mano. Y sucedió mi milagro. Y recalco lo de "mi milagro" porque Maribel dice que nanai de graduarme con el conjunto el cuestión.

El caso, que encontré un vestido de abuela, talla obesidad mórbida, en tonos lilas con estampados de flores a rayas. El vestido es una mezcla de vieja del visillo y bata de gigoló playboy. Tiene cuello a lo americana y un pañuelo en el bolsillo del pecho. Es lo más, y si consigo arreglarlo un poquillo me puede salir una obra maestra por menos de 4€. Aún así, seguiré buscando para calmar las aguas en Sevilla.

Y la semana siguió con paseos por Wroclaw, intentos de tomar el sol, helados  y algún que otro momento de enfermedad. Y es que se juntan el hambre y las ganas de comer, nunca mejor dicho. Porque yo ya sabía que me volvería a mi tierra con algunos kilitos de más, pero al verlos en mi tuma preciosa, he tenido un momento de crisis. Y ahora intenta tú acabar con tres meses comiendo pasta en dos semanas. En fin, que no more pasta, no more arroz, no more comida sabrosa y salseos. Pero mi kebab antes de irme caerá, por supuesto.

Como siempre, como ya va siendo tradición, hemos tenido noches de kalambur, y soplica. E italianos hermosos, amiguis borrachos, cantantes del barrio sicilianos, etc. Noches divertidas.


También huno momentos de desarrollo personal polaco, y es que con esto de la capital cultural europea la ciudad organiza cosillas bastantes apañadas. Espectáculos con flow, proyecciones y mappings, conciertos al aire libre, etc. Y las cervecitas en el parque/isla que no falten.

El domingo vimos el espectáculo de la fuente de Hala Stulecia. Yo quería ir por hacer algo, pero he de admitir que me impresionó mucho y que merece la pena estar 20 minutos sentada en el césped mientras te comen los mosquitos.


Última semana, a ver cómo se da. Aun no soy consciente de todo esto...

Besis en la fiente.